Feb
23
2012

La lección que me enseñó un homofóbico

En el transcurso de mi vida pocas veces me he encontrado con personas que me rechacen o maltraten por mi identidad homosexual y muchas menos han sido las que he tenido que presenciar comentarios o actitudes negativas hacia la comunidad LGBT, por eso me consideró afortunada.

Tal vez ha sido simple suerte, o tal vez las personas que me rodean por las circunstancias de su vida son más abiertas y respetuosas que otras con las que no he tenido ocasión de cruzarme. Sin embargo, en los momentos puntuales que me he encontrado con personajes que destacan por sus visiones prejuiciosas y radicales, siempre ha terminado siendo una experiencia de la cual aprender.

La primera lección que me han dejado es que aunque a veces nos emocionamos con los avances jurídicos que se han hecho para garantizar los derechos de las personas LGBT, y cada vez vemos al mundo más abierto hacia la diversidad en todas sus formas, aún existen personas, un cantidad considerable, que nos sigue creyendo enfermos, pecadores, antinaturales, delincuentes y hasta cosas peores.

Para ilustrar lo anterior puedo compartir dos historias, las dos suceden en el trabajo, una de la áreas en las que me encuentro más en el closet, aunque al final un pedacito de mi corazón activista siempre me gana y termino asomándome bastante.

Resulta que en uno de mis primeros empleos existía el rumor de que una persona que trabajaba en otro departamento de la empresa era lesbiana, al parecer alguien la había visto de casualidad en la calle y se había dedicado a comunicar el asunto, dos de mis compañeras vivían constantemente asustadas ante la perspectiva de compartir el espacio con “alguien así” y de hecho nunca entraban al baño si ella estaba porque “de pronto nos viola”.

Escuchar semejantes afirmaciones ser pronunciadas con total convicción y absoluta certeza me cuestionó lo suficiente como para darme cuenta, en ese entonces por primera vez, que realmente existen personas con ese tipo de pensamientos.

Aún así, está historia tiene un final semi feliz, obviamente yo no pude quedarme callada y después de mucho intentar defender mi postura con argumentos, y fallar, decidí simplemente decirles que yo era lesbiana y que al hacer esos comentarios me sentía directamente ofendida, por lo que agradecería que no los hicieran en mi presencia.

El resultado fue que una de mis compañeras se desvivió pidiéndome disculpas y me confesó que tras enterarse que una persona que sabe es buena y amable, como yo, es homosexual su imagen de esta comunidad cambio por completo.

No quiero decir que este siempre sea el caso, de hecho, mi otra compañera se limitó a no volver a hacer comentarios al respecto pero se le notaba visiblemente incomoda con mi presencia. Pero, si es verdad que el darle un rostro, una persona con la cuál identificar una realidad que se ve aparentemente lejana, puede ser útil para aumentar el nivel de visibilidad de la población LGBT, desmitificar y cambiar muchos de los conceptos errados que nos rodean.

La segunda experiencia fue en otro empleo, un día cualquiera estábamos debatiendo el tema de la aprobación de la adopción por parte de parejas del mismo sexo que estaba muy de moda por esos días, todos mis compañeros manifestaban su apoyo a la aprobación de este ley cuando, curiosamente, el más joven de todos (unos 20 años) se mostró totalmente disgustado por la idea.

Los argumentos que utilizó eran familiares, los mismos que se utilizan siempre y que seguro ustedes conocen a la perfección; afirmó, por ejemplo que no se podía permitir la adopción porque una persona homosexual “le dañaría el alma” a un niño. Más allá de todo lo que se nos podría ocurrir contestar ante semejante afirmación, realmente lo llamativo era ver a alguien tan joven con pensamientos tan radicales.

Eso me enseñó otra lección y es que la lucha no termina, aunque pensemos que estamos ganando territorio siempre existirán personas que no entenderán.

Así como aún hoy existen personas machistas y racistas, los homofóbicos también seguirán existiendo. Esa no es razón para dejar de trabajar por el reconocimiento tanto público como cotidiano de nuestro derechos, al contrario es una motivación para hacerlo y así tal vez el mundo que soñamos, en el que el amor sea simplemente amor, sin ninguna clase de etiqueta, logre hacerse realidad algún día.

 

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Sobre el autor: Vilandra

Un cúmulo de palabras que a veces logran escapar, un conjunto de pensamientos que a veces me ayudan a soñar. Un álter ego al que le encanta escribir y enamorarse de imposibles, esa soy yo.

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